María tiene suerte. Un piso en Malasaña por trescientos euros. Es imposible, pero es verdad. La portera, Sofía, sonríe cuando María sube las escaleras con sus cajas. Sofía es mayor, tiene sesenta años, y habla mucho. Habla de todo. Los vecinos, el barrio, el café de la esquina. María escucha y sonríe.
El piso es pequeño pero bonito. Hay una cama, una mesa, una ventana. María abre sus cajas. Abre su maleta. Saca ropa, libros, su ordenador portátil. Es feliz. Trabaja como traductora. Trabaja en casa. Este piso es perfecto.
Entonces María encuentra algo extraño. Su llave abre tres puertas: el portal, el piso y una puerta más. Una puerta que no existe en el plano. Una puerta en el pasillo del tercer piso, entre su piso y el de su vecino, Andrés. María abre la puerta. Dentro está oscuro. Está vacío. ¿Qué es esto? Cierra la puerta. Su corazón late rápido.
Suena el timbre. Es su hermano Javier. Javier es policía. Es protector. María guarda la llave en su bolsillo. Javier sube las escaleras. Mira el piso. "¿Cómo lo pagas?", pregunta. María no responde. "María, ¿de dónde viene el dinero?" Ella miente. "Trabajo más ahora." Javier no la cree.