Martes por la mañana. Doña Esperanza grita desde la cuarta planta: "¡Señor Whiskers! ¡Gato!" Nadie responde. El gato no está en la casa. Está en la calle, o en algún lugar. Doña Esperanza baja las escaleras. Tiene ochenta y tres años. El gato tiene doce. Son amigos desde hace muchos años.
En la planta baja, Lorena Ruiz oye los gritos. Lorena está jubilada. Trabajaba en la Policía Nacional durante treinta años. Ahora tiene sesenta y dos años y vive sola. Doña Esperanza llama a la puerta de Lorena. "Mi gato ha desaparecido", dice. "Alguien lo ha robado. Estoy segura." Lorena invita a Doña Esperanza a entrar. Le prepara un café. "Cuéntamelo todo", dice Lorena.
Doña Esperanza explica: el gato duerme siempre en la ventana. Por la mañana entra en la cocina. Hoy no. La ventana estaba cerrada. La puerta también. "Alguien entró en mi casa", dice Doña Esperanza. Lorena escucha. Hace preguntas. "¿Quién tiene llaves? ¿Quién entra en el edificio de noche?" Doña Esperanza no lo sabe. Pero sabe esto: Javier, el banquero del tercero, siempre se queja del gato. "Maúlla de noche", dice Javier. "No puedo dormir."
Lorena termina el café. "Voy a investigar", dice. Sube las escaleras. Necesita hablar con los vecinos. En el tercer piso llama a la puerta de Javier. Nadie responde. Lorena espera. Entonces oye un ruido extraño en la azotea. Un ruido de pasos. ¿Quién está en la azotea a las diez de la mañana?