La lluvia golpeaba contra el cristal del coche de Sara García mientras subía por la carretera hacia el cabo. Hacía quince años que no volvía a Galicia, y menos aún a este pueblo olvidado donde su padre solía traerla de niña. Ahora regresaba como periodista, con un cuaderno lleno de preguntas sin responder sobre Xosé Ferreiro, el farero que desapareció en la niebla una noche de octubre de 1995.
Cuando llegó a la torre de piedra, encontró a Tomás en la sala de máquinas, un hombre de unos cincuenta años con ojeras y la expresión de quien llevaba demasiado tiempo solo. Le explicó que trabajaba allí desde hacía ocho años, que el faro estaba automatizado, que nadie vivía en la torre desde hacía décadas. Pero luego, mientras hablaban, sucedió algo extraño: la luz comenzó a rotar lentamente, barriendo el cielo gris. Tomás frunció el ceño. "No debería estar encendida", dijo. "He apagado el sistema esta mañana". Sara sintió un escalofrío. Tomás insistió en que era una avería, una coincidencia mecánica, pero su voz temblaba mientras lo decía.
Bajando hacia el pueblo, Sara se cruzó con Marta Ferreiro, una mujer de unos sesenta años que llevaba flores al cementerio. Sus ojos se encontraron por un momento, y Sara reconoció a la hija del desaparecido por las fotos antiguas. Marta se tensó cuando Sara se presentó como periodista. "No queremos que revuelvas todo eso", dijo, y se alejó rápidamente. Esa noche, en la casa del cura donde Sara se alojaba, Don Camilo sirvió vino tinto con unas manos que temblaban ligeramente. Cuando Sara mencionó el faro encendido, el sacerdote se quedó en silencio durante varios segundos. Luego preguntó, muy despacio: "¿Ha vuelto a encenderse la luz?". Como si ya lo supiera. Como si hubiera estado esperando que sucediera.